En su encabezado, la Convención de Viena (abril, 1963) reconoce que las relaciones consulares entre naciones han existido desde hace siglos, independientemente de las diferencias del régimen constitucional y social de cada una. En consecuencia, la norma diplomática se flexibiliza y crea dos clases de funcionarios consulares: de carrera y honorarios, con un objetivo supremo: ambos contribuyen al desarrollo y la amistad entre los pueblos.
 
 
Los cónsules honorarios son seleccionados por ser personas probas, conocidas ampliamente por su actitud equilibrada y profesional, suelen ser empresarios con un serio compromiso con la responsabilidad social, individuos reconocidos por su ecuanimidad y gozan de la aprobación de su comunidad para representar a otro país. El cónsul honorario es un servidor que a todas luces realiza una labor de honor. No recibe sueldo ni gastos de mantenimiento de su oficina. En ese sentido, su trabajo es invaluable.
 
En mi caso, el Gran Ducado de Luxemburgo, desde hace 27 años me concedió el honor de nombrarme, primero cónsul honorario y luego, cónsul general honorario. Han pasado casi tres décadas en una rica experiencia de trabajo no remunerado, de asistencia y cooperación bilateral, promoviendo el intercambio entre Nicaragua y Luxemburgo sin más retribución que la satisfacción de haber aportado al desarrollo de mi patria.
 
Recientemente, la Asociación de Cónsules Honorarios de Nicaragua me otorgó la “Orden Rubén Darío Cónsul Honorario”, condecoración que recibí con humildad, porque, siempre quedaré en deuda con el gran exponente de las letras, nuestro destacado poeta Rubén Darío. Mis homólogos nicaragüenses, que también fueron condecorados: Diego I. Lacayo, de Chipre; Enrique Zamora, de Ecuador; y Ernesto Chamorro, de España, me delegaron para expresar las palabras de agradecimiento.
 
En aquella ceremonia privada en que me tocó resumir la relevancia de la distinción, yo decía que recibir una Orden que lleva el nombre de Rubén Darío es un enorme reto, pues nuestro poeta fue un diplomático, que, sin ser de carrera, se desempeñó con todas las excelencias, representando, incluso, no solamente a Nicaragua, sino también a otras repúblicas cuyos gobiernos le confiaron sus credenciales.
 
En su acertado ensayo sobre Rubén Darío Diplomático, mi estimado amigo, D. Norman Caldera Cardenal, ex canciller de la República, detalla que el poeta fue nombrado cónsul de Nicaragua en Argentina por el gobierno del doctor Roberto Sacasa. Eso ocurrió en febrero del 1893 y tan solo dos meses después, el vicepresidente de Colombia lo delegó como cónsul general de esa República en Buenos Aires (abril, 1893).
 
Diez años más tarde Darío se establece en París al ser nombrado cónsul de Nicaragua en esa capital (marzo de 1903) en donde recibe orientaciones de cumplir diversas misiones diplomáticas, especialmente en Francia y España. Aunque, su último nombramiento diplomático lo desempeñó en calidad de cónsul de Paraguay en París, cargo que se le confió en septiembre de 1912, cuatro años antes de su muerte.
 
Es así que los cónsules honorarios nicaragüenses tenemos como referente a Darío, representando a naciones hermanas en nuestra propia patria. En los últimos veinte años el Gran Ducado de Luxemburgo ha destinado más de 150 millones de dólares para proyectos de salud, banco de sangre, escuela de hotelería y desarrollo turístico. Nuestro trabajo es fomentar la cooperación bilateral. Es lo que hizo Rubén Darío hace más de un siglo y para mí es una declaración de principios éticos, porque representamos de manera honorífica a grandes naciones amigas y hermanas, con un único interés: promover la paz, el desarrollo económico, la cooperación y las relaciones de amistad entre las naciones.
 
Cónsul general honorario de Luxemburgo en Nicaragua.